La expansión mundial del virus de la gripe aviar altamente patógena H5N1, una variante que desde 2020 ha provocado mortalidades masivas en aves silvestres y mamíferos de numerosos continentes, ha dado un salto histórico: su llegada confirmada a la Antártida. Lo que durante años fue considerado un escenario improbable se ha convertido en una realidad que preocupa a la comunidad científica internacional por las implicaciones ecológicas en uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.
La presencia del H5N1 en regiones cercanas al continente blanco comenzó a detectarse en 2023, cuando se confirmaron casos en islas subantárticas como Georgias del Sur. Allí, el virus afectó a aves como el skúa pardo y la gaviota patiamarilla, y posteriormente se observó un impacto devastador en mamíferos marinos: las colonias de elefante marino del sur sufrieron una caída de hembras reproductoras cercana al 50 % en algunas áreas, una señal temprana de que la enfermedad podía expandirse por estas latitudes con especial agresividad.
La confirmación en la Antártida continental llegó pocos meses después. A comienzos de 2024, varios ejemplares de skúa encontrados muertos en la zona de la base científica Artigas dieron positivo en pruebas de laboratorio. A partir de entonces, diferentes campañas científicas han documentado indicios de circulación viral en puntos clave de la Península Antártica y otras áreas costeras. En algunas misiones realizadas en 2024 y 2025, sobre todo en la isla King George y la península de Fildes, se registró un número inusual de muertes en aves marinas y comportamientos compatibles con un brote activo.
Uno de los motivos por los cuales la Antártida es especialmente vulnerable es la alta concentración de fauna durante la época reproductiva. Pingüinos, cormoranes, skuas y otras especies se agrupan en colonias densas que facilitan la transmisión del virus. Además, gran parte de estas aves jamás había estado expuesta al H5N1, lo que significa que carecen de inmunidad natural y pueden sufrir tasas de mortalidad especialmente elevadas si el contagio se generaliza.
A esta vulnerabilidad biológica se suma la dificultad logística. La Antártida es un territorio donde los recursos de vigilancia sanitaria son limitados y donde no existe la posibilidad de aplicar medidas de control habituales en otros lugares, como cuarentenas amplias o sacrificio preventivo de animales domésticos. La fauna salvaje es prácticamente inaccesible y los brotes pueden pasar desapercibidos durante semanas.
La preocupación no se limita a las aves. En las regiones subantárticas ya se ha observado transmisión del virus a lobos marinos, focas y elefantes marinos, lo cual sugiere que otras especies emblemáticas del continente, como la foca de Weddell o el leopardo marino, podrían estar en riesgo si la cadena de contagio continúa. La dinámica ecológica de la Antártida, basada en relaciones muy ajustadas entre depredadores, carroñeros y especies reproductoras, podría alterarse significativamente si se produce una mortalidad amplia en alguno de estos grupos.
Ante esta situación, organizaciones científicas como SCAR y COMNAP han puesto en marcha protocolos reforzados de bioseguridad para el personal que trabaja o viaja a la Antártida. Estos protocolos incluyen desinfección estricta del material, limitación del contacto con fauna y procedimientos para aislar muestras sospechosas. Igualmente, se está ampliando el sistema de vigilancia epidemiológica con el fin de detectar de forma precoz nuevos focos.
Lo que ocurra en los próximos meses será clave para determinar el alcance real del brote. Por ahora, los especialistas coinciden en que la entrada del H5N1 en la Antártida marca un punto de inflexión en la historia reciente de las enfermedades emergentes. El continente más aislado del planeta ya no está protegido frente a un virus que ha demostrado una capacidad extraordinaria para expandirse. Y el reto, ahora, será contener sus efectos antes de que amenace la estabilidad de unos ecosistemas únicos y de una biodiversidad irreemplazable.
