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La cura para el ébola se atasca por falta de dinero

Manuel Ansebe /www.es.materia.es. Entre las instalaciones militares de alta seguridad de Fort Detrick, cerca de la capital de EEUU, y las calles hoy llenas de pánico de Conakry, capital de Guinea, hay la misma distancia que separa los sueños de la realidad. En Fort Detrick, hace un año, un equipo de científicos inoculó el virus del ébola, uno de los más letales del mundo, a un grupo de macacos. En los días siguientes, los monos comenzaron a sentir los síntomas de la infección, normalmente la antesala de la muerte: vómitos, escalofríos, fiebre e incluso hemorragias por todos los orificios del cuerpo.

Al cuarto día, los macacos comenzaron a recibir en vena un cóctel de proteínas producidas en laboratorio, capaces de pegarse al virus y derrotarlo. El 43% de los individuos se recuperó. En ensayos previos, el cóctel, bautizado MB-003, había servido para proteger al 100% de los monos tratados tan sólo una hora después de la infección.

En las calles de Conakry, la realidad es radicalmente diferente. El miedo es generalizado. Por primera vez, el temible ébola ha llegado a una gran ciudad, de casi dos millones de habitantes. Es un “desafío sin precedentes”, según Médicos Sin Fronteras, la organización que ahora mismo se encuentra en la vanguardia de la guerra contra el virus. Ya hay ocho casos confirmados en la ciudad, construida alrededor de un puerto en el océano Atlántico consagrado a la exportación de aluminio y bananas. Las autoridades sanitarias del país han registrado 122 pacientes sospechosos y 78 fallecimientos. Y el virus ha saltado ya a Sierra Leona y Liberia.

“En Guinea, nos hemos encontrado con la cepa Zaire del virus Ébola, la más agresiva y mortal, con una letalidad de más de nueve víctimas por cada diez pacientes”, ha afirmado en un comunicado Michel Van Herp, epidemiólogo de la ONG en primera línea de fuego. Su principal baza es buscar a las personas contaminadas y apartarlas del resto de la población, en centros de aislamiento en los que los enfermos, mayoritariamente, acaban muriendo rodeados de médicos frustrados por la impotencia, enfundados en aparatosos trajes de protección biológica.

La cepa más asesina

Este último brote de ébola tiene todos los ingredientes para provocar cientos de muertes en este rincón de África occidental: es la cepa más asesina del virus, se ha distribuido por una zona muy amplia y, sobre todo, el mundo sigue sin tener ni tratamiento ni vacuna para enfrentarse a la amenaza.

El biólogo estadounidense Larry Zeitlin es uno de los padres del cóctel de proteínas que ha conseguido frenar la infección en los monos encerrados a cal y canto en Fort Detrick. El investigador tiene claro por qué todavía no hay armas para luchar contra el virus, que desde su descubrimiento en 1976 sólo ha sido letal en regiones remotas de África cercanas a selvas tropicales. “El principal obstáculo, al menos para nosotros, es el apoyo económico. Recibimos financiación del Gobierno de EEUU, pero llega a borbotones, lo que hace muy difícil desarrollar rápidamente un fármaco”, explica Zeitlin a Materia. El científico preside Mapp Biopharmaceutical, una farmacéutica con sede en San Diego que trabaja con el Ejército de EEUU en temas de bioseguridad. Los militares están interesados en el ébola por temor a que un grupo terrorista lo utilice como arma biológica.

La financiación gubernamental, cuando llega, agota sus largos plazos, necesarios para que un posible tratamiento se estudie y se apruebe. “El apoyo privado podría acelerar el desarrollo, pero los inversores generalmente no están interesados en productos como este, con un pequeño número de pacientes, porque no son muy rentables”, explica Zeitlin.

El ébola llega al ser humano por el contacto con la sangre u otros fluidos de animales infectados, como murciélagos de la fruta, gorilas y chimpancés. Entre personas, el virus no se transmite fácilmente, como ocurre con la gripe, sino que requiere un contacto estrecho con la sangre, las heces, la saliva u otros líquidos corporales de los enfermos. Históricamente, esto ha limitado los brotes de ébola a unos pocos cientos de afectados. El último gran brote tuvo lugar en 2007 en República Democrática del Congo. De 264 personas infectadas, murieron 187, el 71% de los casos.